jueves, 5 de julio de 2007

Regalito de Reyes


Sé que lo han dicho muchas veces, aunque nunca en mi presencia: ¿Cómo fue que Ezequiel terminó como "trabajador sexual"?

Lástima que no me lo hayan preguntado a mí directamente. Me hubiera encantado poder explicarles. En primer lugar, para aclararles algunos puntos concretos que, a mi criterio, no solo están equivocados sino que demuestran cierto desprecio por el modo en que me gano la vida (con el sudor de mis nalgas, por supuesto). En segundo término, para demostrarles que el camino de la prostitución (aunque lo sea en la gran mayoría de los casos) no es siempre el corolario fatal de una historia de violencia, abuso, indigencia y marginalidad.

En principio les diría que yo no "terminé". Mi profesión actual no es el final de mi vida. Se trata apenas de una actividad que me permite vivir dignamente e incluso de gozar de ciertos lujos a los cuales no pueden acceder la mayoría de los trabajadores convencionales". También hay un futuro para mí y, cuando ya no me sea rentable continuar con el negocio, afrontaré otra ocupación con la misma dignidad y el mismo respeto con los que hoy desarrollo ésta.

Aclaro además que la denominación "trabajador sexual" no es de mi total agrado. Me resulta muy sociológico, muy aséptico, como quien le tiene asco a su propia mierda, como quien habla de un virus en el espejito del microscopio. Yo prefiero "puto", así a secas, pero me topo con el inconveniente de que aquí, en Argentina, "puto" es todo hombre al que le gusta la poronga, lo haga o no por dinero. Me agrada también prostituto, pero no puedo negar que resulta un poco catedrático. Lo que sí detesto es que me llamen "taxi boy", no solo por el origen foráneo del término (y como estudiante de letras me arrogo el deber de defender el empleo de mi lengua natal), sino también por su clara connotación despectiva y discriminatoria: un taxi, al fin y al cabo, es un vehículo en el que se monta cualquiera y ése es justamente uno de los prejuicios que, desde hace un tiempo, trato de combatir, a partir de la modalidad de trabajo que me he impuesto. Y no es que sea soberbio, que me crea un ser superior al común de los mortales: acepto las realidades de mis colegas, pero no dejo de manifestar la mía propia: prostitución no es, necesariamente, sinónimo de submundo, de criminalidad o de "todo vale".





En cuanto a cómo llegué a ser prostituto, no es una historia complicada. Yo no arrastro un pasado de miseria e ignorancia ni de resentimiento. No he padecido violencia familiar (la tediosa perorata moralista de mi madre no puede encuadrarse como tal). Tampoco sufrí una tanguera desilusión amorosa ni fui víctima de la trata de personas. Conozco casos que pueden ilustrar cada uno de estos casos pero yo he sido afortunado. Me crié en algo parecido a una familia (no todo puede ser perfecto) de clase media acomodada; jamás conocí a mi padre pero sé que maneja una limusina en Miami y, mes a mes, ha enviado puntualmente el cheque que me permitió acceder a una excelente educación y gozar de una salud inmejorable. Desde temprana edad desarrollé un espíritu crítico que más de un adulto me envidia y el destino puso en mi senda oportunidades únicas que creo haber sabido aprovechar. Nunca (... o casi nunca) me dejé tentar por las drogas y sus cantos de sirena, ni por las atrayentes soluciones fáciles y seguras.

Obvio que no soy perfecto. Solo estoy orgulloso del trayecto que me ha traido hasta donde hoy estoy. Un trayecto que, sin dudas, se inició en un punto incierto de mi pasado, pero comenzó a clarificarse a partir de aquella crisis de finales del 2001, durante la cual perdí mi virginidad y gané la resolución de ser auténticamente quien quería ser.




Después de aquel encuentro con Marquitos, vinieron otros más. Vivimos una tórrida relación de diez días, período febril durante el cual exprimimos a fondo nuestra intuición y nuestra imaginación, poniéndolas al servicio del placer. No quedó sitio en la casa donde "experimentar" ni posición humanamente practicable. Que yo recuerde, fue la primera vez en que me sentí feliz. No obstante, como dice aquella canción de los setenta que mi mamá suele canturrear los fines de semana, "todo comcluye al fin". Llegado enero, la familia de Marcos se trasladó a Punta del Este y no regresó hasta fines de febrero, cuando yo ya estaba en otra cosa. Alguno podrá pensar que fue traumático, pero no lo fue tanto. Lo nuestro había sido solo sexo y para ninguno de los dos pasó de eso.

Lo que sí fue complicado para mí fue el hecho de que Marcos ya no estaba en la ciudad y yo (que había sobrellevado quince años de mi vida sin relaciones sexuales) ya no podía vivir sin sexo.

El 6 de enero, Día de Reyes, fue un día clave.

Mi computadora venía fallando desde tiempo atrás, pero con un poco de paciencia me conectaba a internet y me permitía chatear.

La madrugada anterior había conocido a chico_drag85 en una sala de chat y gracias a él conocía a Lukas Ridgeston, quien se convertiría en uno de mis actores porno favoritos. Me dio que era de La Plata, que tenía dieciséis años y me mandó tantas fotos que terminé la noche pajeándome junto a la computadora. Se lo conté a chico_drag y él también se calentó, con lo cual compartimos algo así como una sesión de sexo virtual, tras la cual ambos quedamos con una sensación de "poquedad" muy apremiante. Ni lerdo ni perezoso, le propuse encontrarnos en persona y ver la posibilidad de pasar de lo virtual a lo real. Intercambiamos nuestras fotos (yo al menos le mandé una mía; la que me envió él, no sé), nos gustamos y nos citamos para el día siguiente.

Al despertar, pasado el mediodía, quise ver una vez más las fotos de Lukas pero la máquina ya no quiso arrancar. De hecho, nunca más lo hizo.

Entré en pánico. A esas alturas, yo ya era un adicto a la iternet y la sola idea de no poder conectarme me llenaba de angustia. Solo me consolaba la idea de que esa misma tarde me encontraría con chico_drag y juntos hallaríamos la manera de superar el mal trago.

La cita había sido clara: 19 horas en la Plaza Paso, en la esquina de 13 y 44. Sin embargo, chico_drag nunca apareció. Después de hora y media de espera, frustrado y deprimido, comencé a caminar sin rumbo. Me dolían los testículos. Había acumulado demasiada excitación. En el camino me crucé con decenas de chicos hermosos y con cada uno fantaseé una historia de sexo sin control. A la media hora de caminata ¡mi cuerpo clamaba por un hombre!

Siempre sostuve que en la vida no existen las casualidades. Después de haber caminado unas treinta cuadras y de haber pasado frente a muchos negocios similares, cerca de mi casa me detuve frente a la puerta de un ciber. Recordé que mi máquina había colapsado y entré con el propósito de combatir mi frustración con pornografía. Entré.

El local no era muy grande y estaba atestado de computadoras, ubicadas en pequeños cubículos de madera donde apenas había espacio para una persona. Sitio un tanto desagradable que me despertó cierta claustrofobia. Se escuchaba ruido de teclados pero no se veía a nadie, salvo al encargado, un chico de escasos veinte años que me sacó una radiografía con la mirada en cuanto entré y, sin preguntarme nada ni dejar de mascar chicle, me indicó:

- Pasá por la 23.





Amplío la descripción del lugar para que puedan imaginar lo que vino despuès. Los cubículos se alineaban en varias filas transversales a las cuales se accedía por un estrecho pasillo a la izquierda del local. Entre fila y fila, había el espacio justo para que cupiera una butaca y un estracho pasillito libre por detrás. La razón por la que no se veía a nadie desde la entrada se debía a que los cubículos tenían la altura suficiente como para ocultar a los que estaban sentados ante las máquinas. La que me había tocado en suerte estaba en la quinta fila. Avanzando por el pasillo de la izquierda, pude ver que había solo cuatro clientes, uno de los cuales era un tipo cuarentón, con pinta de abogado, y estaba sentado en mi misma fila, una máquina de por medio. Obvio que me calentó y como una ráfaga me imaginé arrodillándome frente a él para chuparle la verga. El tipo ni me registró. Yo me senté en mi sitio y, luego de verificar la acostumbrada inactividad de mi cuenta de correo electrónico, busqué más fotos de Lukas Ridgeston. La respuesta del buscador se tradujo en decenas y decenas en las cuales se hablaba de Lukas en todos los idiomas y se lo mostraba cuan bello y cachondo era: desnudo, vestido, con la pija parada, con la pija muerta, solo, acompañado, en interiores, al aire libre... ¡Un infierno! De pronto el señor con pinta de abogado se levantó de su butaca para retirarse y ¡a mí no me daban las manos para minimizar ventanas! Tarea inútil, porque al hacer desaparecer el primer plano de la verga de Lukas solo lograba dejar en pantalla la escena en la que se coge a Ion Davidov (otro bombonazo checo). Por suerte (o no) el tipo siguió sin registrarme y se fue sin que le llamara la atención mi pornografía.

Solo en la fila y caliente como un radiador, me permití la licencia de bajar el cierre de mi jean para tocarme sutilmente y disipar al menos un poco mi estado de emeergencia sexual. Como suele suceder en estos casos, uno pierde la noción del tiempo y del espacio. Así fue como, de repente, oí una voz que me preguntaba:

- ¿Tenés idea de cómo se llama ese flaco?

Era el encargado, que estaba justo detrás de mí con un paño en la mano, supuestamente avocado a la limpieza de máquinas y escritorios. Mi mano izquierda se alejó de un salto de la entrepierna y la derecha trató infructuosamente de dominar el mouse, con el estúpido propósito de ocultar las imágenes una vez más. El encargado solo sonreía.

- ¿Cuántos años tenés? -me preguntó.

Obvio que titubeé y al final mentí como un idiota:

- 17.

¿No podía haber dicho, por lo menos dieciocho???????

El flaco se rió y se sentó a mi lado. Dejó el paño sobre el escritorio y me tomó la mano. Una corriente eléctrica me recorrió todo el cuerpo. Una sensación muy agradable y a la vez inquietante.

- Vos sabés que sos menor y que no deberías estar viendo esas cosas ¿no?

Su voz era serena, pero su serenidad evidenciaba sus segundas intenciones. Yo estaba petrificado y, al mismo tiempo, consumido por el calor de su mano sobre la mía. Hasta que se recostó en la butaca y se agarró el bulto sin mayores protocolos.

- Si yo te dejo ver pornografía hasta que se te den vuelta los ojos, ¿vos me devolverías el favor?

Y se puede decir que recién entonces lo vi con claridad. No era una belleza pero tampoco era un monstruo incomible. Tenía buen cuerpo, espaldas anchas y un paquete interesante apenas disimulado por el pantalón deportivo. El chabón me sonreía con actitud ganadora. Yo miré a mi alrededor en busca de los demás clientes. Los mismos que no podría ver detrás de los cubículos.

- No te preocupes. -me dijo- Ya se fueron todos.

Dicho lo cual, estiró el borde del pantalón hacia abajo y me mostró la verga dura que, se suponía, formaba parte del trato.

- Esta no es una foto.

Mi calentura era tal que no me dejó optar por la prudencia. Tenía mucho miedo (el flaco era un perfecto desconocido y llevaba la perversión tatuada en la frente... o al menos eso me pareció en ese momento) pero también estaba la emergencia de mi entrepierna.

Casi no lo pensé y, sin emitir palabra, me hinqué de rodillas entre sus piernas para lamer la verga que me ofrecía. Cerré los ojos y mi lengua la disfrutó palmo a palmo. La tomé entre mis manos, replegué el prepucio y recorrí suavemente su glande hasta arrancarle el primer suspiro.

- ¡Qué bien que lo hacés, putita. Y yo que te creía un pichi...



Con los labios cubrí solo la punta y empecé a girar mi cabeza hacia uno y otro lado. Mientras, con la mano le aferraba el tronco. A Marcos le fascinaba que lo hiciera y, al parecer, al encargado del ciber también. Seguí trabajándolo de ese modo durante unos minutos hasta que el flaco tomó cartas en el asunto, abandonó su pasividad y, sosteniéndome la cabeza con ambas manos, con un brusco movimiento de pelvis me la hundió hasta el fondo. Tuve una arcada pero me gustó. Marcos siempre había sido muy caballero y esa nueva experiencia (la de sentirme una puta) me dio mucho morbo. Me empecé a pajear al mismo ritmo con que él me cogía por la boca. Me la metía una y otra vez, frotando el glande contra el paladar hasta hacerlo chocar contra la campanilla. Para mí era una sensación sumamente extraña: la verga me llenaba la boca y me daba ganas de vomitar, pero a la vez me erizaba la piel y me hacía desear más y más.

Por un momento tuve cierta conciencia de la situación y no pude creerlo: allí estaba yo, de rodillas, chupándole la pija a un chabón desconocido, sin el menor atisbo de culpa y disfrutando de las guarradas que me decía.

- ¡Cómo te la comés, hijo de puta! Te voy a romper el orto...

Y no hizo falta más preámbulo. Me puse de pie y él mismo me bajó los pantalones. Se ensalivó la punta de los dedos y me los metió en la raja, jugueteando alrededor del ano, despacio y sin apuro. La verga se me puso tiesa como nunca y casi eyaculo antes de tiempo.

- Se nota que te gusta, putita culo roto... Te la voy a meter hasta el fondo y me vas a pedir más y más.

Me hablaba al oído. No dejaba de decirme cochinadas.

Cuando supuso que ya estaba bien lubricado, me hundió un dedo en el culo. Me dolió, pero apenas dejé escapar un quejido que él interpretó como de placer. Y en realidad también lo era. Ya se sabe cómo son esas cosas. Junté bastante saliva en el cuenco de mi mano y con la otra lo invité a retirarse por un instante. Me ensalivé bien el culo y luego le regresé el dedo adonde lo había sacado. Esta vez entró más suavemente y gemí con mayor entusiasmo. Empezó a cogerme con el dedo, frotándome la próstata y pellizcándome los pezones con la otra mano. De pronto, se detuvo. Al retomar la labor sentí que la presión había aumentado: me había metido dos dedos con total facilidad. Ya estaba preparado para una verdadera cogida. Solo tuve que mirarlo y él comprendió.

Sin apartar su vista de la mía, volvió a ensalivarse la palma, se la pasó por la verga y empezó a sobarme las nalgas. El falo se coló entre los glúteos con comodidad, deslizándose con lentitud pero sin penetrar. ¡Yo ya no podía soportarlo! La tensión era inaguantable. Me abrí las nalgas yo mismo y meneé las caderas en puntitas de pie, tratando de acomodar la pija en el lugar correcto. Me fue imposible y, entonces, superado por la desesperación, grité:

- ¡Metémela de una vez! ¡Por favor!!!!!

Y él me hizo caso.




La pija se clavó en mi culo con total libertad. Fue como si mi esfínter hubiera esperado desde siempre su llegada. Una penetración serena y natural... hasta que estuvo toda adentro. Sentí el cosquilleo de su pubis contra mi piel, justo en el momento en que su lengua llegaba hasta mi oreja y sus manos se aferraban a mis caderas. Por unas décimas de segundo, pensé que aquello podría terminar de manera romántica... Pero entonces se retiró de mí y me volvió a penetrar repetidamente con brutalidad. Se me erizó todo el cuerpo. Los pezoncitos me dolían de tan apretados. Volvieron las cochinadas susurradas al oído y mi verga se golpeba contra el borde el escritorio. Me estaba propinando la cogida de mi vida y yo no alcanzaba a comprender tanto placer.

Apenas fui conciente de que estaban las luces encendidas y de que cualquiera que pasase por la vereda podría ver nuestros torsos, uno detrás de otro sacudiéndose por encima del mueble, y darse cuenta de lo que estábamos haciendo. O mejor dicho: de lo que él me estaba haciendo con tanto empeño y yo me dejaba hacer con plena satisfacción. La culeada fue tan espectacular que mis gemidos se transformaron en alaridos desesperados de "más" y "más" que él intentaba (sin demasiado entusiasmo) acallar con una mano en mi boca, pero sin detener sus frenéticas sacudidas.

Luego hice cuentas y calculo que no pudo pasar menos de una hora desde que iniciamos la "charla" hasta que él acabó estrepitosamente dentro de mí. Apenas unos instantes después de que yo lo hiciera sobre el teclado.

Si hubiera sido por mí, habría podido quedarme allí con la poronga en el trasero hasta que se me vencieran las piernas. Pero (repito) "todo concluye al fin".

El chabón se dejó caer sobre la butaca y yo permanecí de pie, sin poder moverme, con el culo dilatado y las piernas tiritando. Me había quedado con ganas de más y me costó regresar a la realidad. Transcurridos unos minutos, él me dio un par de nalgadas y me comentó con fatiga:

- Estuvo bueno ¿eh?

Yo apenas asentí con la cabeza. De pronto, él empezó a reirse.

- ¡Tenés el orto tan abierto que se te está escapando la leche!!!!!

¡Y tenía razón! Podía sentir el líquido deslizándose por mi pierna.

- Bueno -dijo al fin- el trato es este: venite cuando quieras, yo te habilito una máquina y después me pagás con un polvo. ¿Te va?

Otra vez le respondí calladamente con la cabeza y una sonrisita tímida.

- Sos mejor que mi novia: la sabés chupar, entregás el orto y ¡no hablás!