miércoles, 23 de septiembre de 2009

La primera vez de Fael

Fael es cordobés. De la Córdoba argentina, no de la española. Tiene veintiún años pero da más pendejo. Como la mayoría de nosotros, tiene problemas con su familia. Padres y hermanos evangelistas suelen ser un verdadero problema para un gay (creo yo) y es por eso que siempre oculta su verdadero nombre. "Cuando tengo sexo casual solo me preguntan la edad" me aclara. Eso suele suceder. sobre todo cuando "el otro" tiene más de treinta. Sin ánimos de prejuzgar, supongo que en muchos debe anidar un pedófilo inconfeso y reprimido cuyo morbo se incrementa cuando la respuesta es "dieciséis" o "diecisiete". El tipo cobra mayor entusiasmo y uno cobra mayores honorarios, juas. "Yo no soy pedófilo" me decía una vez un cliente. "A mí me gustan jovencitos pero no nenitos. Que estén bien formados, que tengan un cuerpo fibroso como vos y en lo posible una buena garcha, gruesa y que se le pare para arriba. Los nenitos no me calientan. Son como minitas y a mí me gustan los hombres". Sin embargo, alguien tendría que hacer alguna vez una investigación sobre la edad de la primera pareja sexual de los gays. Tengo la sospecha de que la mayoría entre nosotros ha debutado con alguien mayor.


No fue este el caso de Fael en todo caso. Él debutó con un chico de su edad mirando porno. ¿Me equivoco si afirmo que se trata de una práctica bastante común entre los gays? Al menos sería lógico que así fuera. La situación se presta. La curiosidad adolescente y el despertar de las hormonas gozan, hasta cierta edad, de una gran impunidad. Uno puede animarse a muchas cosas que después atribuirá a la falta de experiencia o a la inconciencia propia de la edad. Nunca a la necesidad irrefrenable de probar "lo prohibido". En el caso de Fael hubo mucho de esto y le dio gusto contarme su historia con Javier, un compañero de escuela.

Se habían juntado para hacer un trabajo de investigación pero la tarde lluviosa y la casa vacía no daban para el estudio. En el cuarto de Javier, Fael se sentó tímidamente en el borde de la cama mientras el dueño de casa tomó la iniciativa:

- ¿Querés que te muestre mi reliquia?

Fael, en su inocencia, pensó en una colección de estampillas, pero la reliquia de su amigo era muy otra. Javier abrió el armario de su habitación y empezó a revolver en una enorme caja llena de papeles. Llevaba puesto un pantalón de jean de tiro corto y, al agacharse, dejaba al descubierto el inicio de la raya del culo… un culo esponjocito que despertó las hormonas de Fael, juas. De la caja Javier extrajo un gran sobre blanco, muy ajado y con marcas de dedos. Sin darse cuenta (tal vez), se llevó una mano a la entrepierna al tiempo que enarbolaba el sobre en la otra.

- A que no sabés qué tengo acá!!!!

Fael estaba confundido pues no sabía a qué se refería: si a lo que contenía el sobre o lo que escondían sus pantalones. Obvio que lo primero no podía saberlo, aunque lo segundo era fácilmente imaginable. Lo curioso fue que, al final, ambos misterios terminarían teniendo mucho en común. Pero por lo pronto, no se animó a decir nada y dejó que fuera Javier el que orientara la situación.

Con sonrisa picarona y los ojitos brillantes, Javier introdujo la mano dentro del sobre y, dándole emoción televisiva a la escena, fue extrayendo de su interior una revista. Lo primero que Fael pudo ver fue el fondo azul de la portada y un texto en inglés que (a causa de la particular tipografía pero por sobre todas las cosas debido a sus serias dificultades con el idioma del norte) no pudo descifrar. A medida que Javier iba develando la revista ante sus ojos, a la derecha de la imagen pudo distinguir lo que seguramente era cabello (de mujer y enmarañado), en tanto que el fondo se perfilaba como un espléndido cielo huérfano de nubes. Poco a poco, fueron apareciendo unos ojos (ahora sí indudablemente femeninos), en primer plano y con expresión felina, y a la izquierda el tejado de una casa aparentemente suntuosa y una fachada inmaculadamente blanca. Estaba claro que se trataba de imágenes superpuestas y que (si bien se notaba que habían puesto empeño al hacerlo) la melena de la mina estaba recortada con photoshop. Javier se detuvo entonces unos instantes con la sonrisa más amplia que tenía y luego continuó deslizando la revista hacia arriba con toda parsimonia. Disfrutaba de las expresiones de intriga y miedo que se alternaban en los ojos de Fael. Aparecieron así la parte alta de la nariz de la mujer, un lunar falso en el pómulo derecho, la oreja izquierda semioculta por los rizos y los ventanales majestuosos de la casa, todo rodeado de cielo y luz. Justo allí Javier se detuvo. Justo cuando el borde del sobre rozaba la punta de la nariz y a su lado se perfilaba una extraña silueta horizontal, de bordes curvilíneos, que Fael no pudo reconocer a primera vista.

- ¡Cha-chan! -entonó Javier, tratando de imitar la música incidental de las películas de suspenso- ¿Estás preparado?

Fael no tenía idea de si estaba o no preparado, pero por si acaso dijo que sí con la cabeza. Esa fue la señal para que su amigo deslizara de un tirón el sobre blanco, lo dejara caer sin más y la portada de la revista quedara por fin expuesta, dando fin al misterio.

La silueta curvilínea resultó ser la espalda y el culo de un señor echado sobre el cuerpo de una rubia tetona que miraba a la cámara con expresión de "cómo estoy gozando" pero que parecía más bien un "acabemos rápido con todo esto que se me acalambran las piernas". Al tipo no se le veía la cara y es posible que se estuviera esforzando para no perder la erección (¿quien podría mantenerla en medio de un set barato y dentro de una cacerola con más entradas que el estadio de River?). Detrás de ellos se completaba la fachada inmaculada de una típica mansión californiana. Sin embargo, lo que atrapó la mirada y la atención de Fael no fue nada de eso, sino la enorme y lustrosa verga que se erguía frente a los labios carnosos de la mina de los pelos revueltos. La toma era extraña (lo recordaría en los días sucesivos, cada vez que recurriera a su memoria emotiva para inspirar sus pajas compulsivas). Era una verga desmesurada si se la comparaba con el rostro de la mujer. Estaba enfocada desde... ¿cómo decirlo?... desde el ángulo inferior del miembro (que no obstante estaba erguido en vertical), con el frenillo y el cuerpo esponjoso en primer plano. De la boca de la mujer, además, salía la lengua (sospechosamente roja) cuya punta quedaba oculta por el gran falo, como si estuviera lamiendo la base del glande.

Fael no pudo ver nada más. Por más que cerrara los ojos, aquella pija descomunal seguía ocupando todo el campo de su imaginación. Javier se sentó a su lado y comenzó a hojear la revista mientras parloteaba sin cesar, con un entusiasmo que poco tenía que ver con el placer sexual que la publicación pretendía. Seguramente la había hojeado tantas veces que ya conocía cada imagen de memoria y ya no le despertaba lujuria en absoluto, sino tan solo el orgullo de poseerla y tener la oportunidad de mostrársela a los púberes impresionables. Lo que tal vez Javier no supiera era que en esta ocasión habría una sorpresa para él también.

Le pasó la revista a Fael y éste comenzó a devorar las imágenes con los ojos. Claro que él concentraba su avidez en las variadas imágenes masculinas y sus respectivos miembros erectos. La propia erección era inevitable y para ocultarla, por instinto, cruzó las piernas. En la publicación que sostenía entre sus manos, las escenas de sexo explícito se sucedían unas tras otras. Él nunca había visto nada semejante y no pudo menos que imaginarse a sí mismo como participante. Y aunque sus represiones le indicaran que debía proyectarse en un papel masculino, le resultó imposible evadir el anhelo de desempeñarse tal como lo hacían las féminas tan desinhibidas que se la dejaban meter por cuanto orificio tuvieran libre.

. ¡Ahora sí que nos hacemos la fiesta! -anunció Javier de repente, mientras se ponía de pie de un salto- ¡Llegó la hora de las pajas!

Y sin decir agua va, se bajó los pantalones, quedó desnudo de la cintura para abajo, se sentó junto al invitado y empezó a sobarse el penito flácido que asomaba entre la mata renegrida de su pubis. ¡Fael se sentía morir! No podía apartar la mirada de los dedos de Javier en plena faena. No era que nunca se hubiera hecho una paja (sabía dios que ya había desarrollado técnicas bastante sofisticadas para hacerlo) pero ¡nunca las había compartido! Sin embargo, no podía decirse que estuviera nervioso. Sus temblores se debían más que nada a la calentura y al miedo a no saber controlar sus impulsos. Temor plenamente fundado.


- ¡Dale, boludo! Pajeate que está buenísima. -le gritó Javier.

Su verguita ya había tomado cierta consistencia y para terminar de convencer a su compañero se la sacudió con fuerza, mostrándosela descaradamente. Como Fael se quedara pasmado, Javier le manoteó la bragueta como si tuviera intenciones de desabotonársela él mismo. Sumamente turbado y resignado a lo que pudiere suceder, Fael se puso finalmente de pie y, antes de que terminara la tarea de desnudarse, el mismo Javier le bajó los pantalones de prepo, entre risotadas y dejándolo sin aliento. De ese modo Fael no tuvo más remedio que sentarse y proceder al paso siguiente.

Ya junto a Javier y rozando involuntariamente su pierna con la de él, intentó reír y la risa le salió quejido. Pero como su amigo no le hizo caso y siguió sacudiéndosela, por vaya uno a saber qué extraña magia le llegó cierta relajación y se permitió regodearse la vista con los machos que aparecían en la revista, que habían colocado sobre las rodillas de ambos. Esas fabulosas vergas, venosas y turgentes, le quitaban el aliento y las minas se las tragaban como si fueran salchichitas de copetín. ¿Sería muy difícil comerse una poronga? ¿No darían arcadas cuando llegara a la garganta? ¡Porque semejantes falos tenían que llegar a la garganta! ¡Y más atrás también! Javier ya se la cascaba con vehemencia y su cosita ya no era tan pequeñita. Claro que en comparación con lo que se veía en la revista no tenía nada de qué enorgullecerse. Aunque él no parecía hacer caso a ese tipo de cuestiones. Muy por el contrario, se lo veía por demás entusiasmado y se la sacudía muy alegremente. A su lado, Fael hacía lo mismo pero con mucho menos convicción. Su mirada viajaba de las imágenes a la entrepierna de su amigo y viceversa. Las rodillas se rozaban bajo el papel. La piel de Javier era caliente y expelía un aroma muy especial que le taladraba el cerebro. Sin que lo notara en un principio, el entorno de Fael empezó a desaparecer y su mente se obnubiló con el espectáculo de su amigo. La revista pasó a ser algo secundario y su erección palpitaba ahora con verdadero fervor. Las preguntas volvían a resonar una y otra vez: “¿Y si se la chupo? ¿Será muy difícil chuparla? ¿Se enojará si se la chupo?”

- Uy, boludo, mirá cómo se me puso!!!!! –vociferó Javier al tiempo que se ponía en pie de un salto y le mostraba la pija dura como el mástil de la bandera de la puerta del colegio.

Fael pensó en la bandera porque era el mismo ángulo pero automáticamente volvió a preguntarse qué se sentiría al tener esa verga en la boca. Tanto que sus pensamientos se volvieron casi audibles y Javier supo decodificar las miradas. Se mantuvieron unos instantes en silencio, hasta que Javier se adelantó hacia su amigo e hizo su propuesta:

- ¿Qué tal una mamada?

La pregunta pareció resonar en el ambiente como un eco acusador. Fael no supo qué contestar por más que su deseo le repitiera ardientemente que aceptara. La verga de Javier se balanceaba delante de sus ojos. Él solo tenía que inclinarse un poco hacia delante para alcanzarla con los labios y, sin embargo, todo su cuerpo se había quedado rígido. Frente a él, Javier también estaba algo confundido. Había largado la pregunta sin pensarlo. Solo fue un impulso del que se arrepintió al instante mismo de dejarlo libre. Pero allí estaba, con la pija erecta delante de su compañero… un compañero que no le había bajado los dientes de una trompada por proponerle que se la chupara.

- Bueno… -dijo como para romper el silencio- Lo podemos hacer ida y vuelta: vos a mí y después yo a vos…

Fael siguió sin responder. La voz de su compañero le llegaba desde lejos y su mente no podía ordenar los pensamientos. Hacía mucho tiempo que tenía este tipo de fantasías y se había pajeado miles de veces con le idea de mamársela a alguno de sus compañeros. Había soñado cientos de historias donde todo era ideal. Pero ante los hechos la cosa era más difícil. ¿Cuáles serían las consecuencias si se adelantaba y se metía aquella verga en la boca? ¿Habría consecuencias? ¿Le gustaría…? Viendo la indecisión de su amigo, Javier se adelantó unos centímetros para presionarlo. Y dio resultado porque Fael abrió finalmente los labios y por entre ellos se asomó la lengua que fue tímidamente a posarse en la base de su glande.


Era como si su cuerpo no fuera su cuerpo. Pero su lengua sí era su lengua. Y en la punta de aquella verga saboreó esa babita, ácida y dulzona a la vez, que se parecía tanto a la que supuraba su propio pene. Una lamida fue sencilla. No pasaba nada. El mundo no se derrumbaba. Probó una vez más y tampoco. Todo seguía en su sitio… Y era rico su sabor. Pasó la lengua en torno al glande y entonces pudo percibir un suspiro por parte de Javier. El entorno volvía a la vida y tuvo conciencia de sus propias manos acariciándose con suavidad. Javier volvió a suspirar y se adelantó unos centímetros más provocando que su glande chocara contra los labios de Fael… y éste que abría la boca y, por primera vez, engullía una verga. La sensación era indescriptible. Cerró los ojos y se tragó el falo hasta donde pudo. No era una competencia y lo hizo sin premura. Solo dejó que aquella cosa se deslizara lentamente dentro de su boca como si fuera el mayor de los manjares. Y en cierta forma lo era. Abrió los ojos y ante ellos estaba el ombligo profundo de su amigo. Más tarde, en la soledad de su cuarto, caería en la cuenta de que era demasiado profundo para ser un ombligo normal. Pero por el momento, no era el ombligo lo que más disfrutaba de su amigo. Por puro instinto, su lengua se puso en movimiento y comenzó a deslizarse alrededor del miembro, en tanto que una de sus manos abandonó su propia entrepierna y se adosó al muslo derecho de Javier, suave y lampiño. La cadera de Javier empezó a moverse hacia atrás y adelante. La verga empezó a salir y entrar de la boca de Fael y Fael sintió algo que no conocía. Era un fervor muy extraño que algún día llegaría a equipara con la felicidad. Y no era para menos: después de tanto soñar con ese momento, estaba chupando una verga y no había sido fulminado por un rayo. El dios de sus padres no le parecía tan severo ahora… Javier puso una mano en su nuca y presionó hacia su cuerpo. La pija topó contra la garganta de Fael y le provocó una pequeña arcada. Fael se retiró de inmediato y su amigo le pidió perdón con la mirada, aunque él no pudo verlo. De allí en más, el trabajo lo hizo Fael, con una inspiración maravillosa, como si aquello fuera el arte que brillaba entre sus talentos. Javier estaba tan entusiasmado que terminó de desnudarse y sentó en la cama con las piernas abiertas para darle lugar a su amigo. Fael se arrodilló frente a él y siguió con su labor como si de ello dependiera su vida. Era un acto placentero como ningún otro que hubiera probado hasta el momento. Y más aun cuando las manos de Javier se deslizaban sobre sus hombros y su nuca, erizando cada centímetro cuadrado de su piel. Entre las piernas, su miembro palpitaba peligrosamente, al borde del estallido… Las manos de Javier tomaron el borde de su remera y lo deslizaron hacia arriba. Con sutileza, lo invitaron a dejar momentáneamente su labor, a incorporarse y quitarse la ropa que todavía llevaba puesta. En esos pocos segundos que ocuparon en la tarea, sus miradas se cruzaron y se sonrieron casi con gratitud. Luego Fael regresó a la entrepierna de su amigo y éste al paraíso de los gemidos. Las palabras habían desaparecido de la escena. No eran necesarias.


Las manos de Javier fueron finalmente atraídas por la piel aduraznada del trasero de Fael. Esos dos montes blancos parecían estar llamándolo y él no pudo ni quiso resistirse. Con sutileza, se inclinó sobre el borde de la cama y fue atrayendo hacia él el cuerpo de Fael. Suavemente, acarició la espalda de su amigo, luego las piernas, tomó la verga entre sus dedos y comprobó su turgencia para al fin animarse a rozar las nalgas que tanto entusiasmo le provocaban. Eran más tersas de lo que había imaginado y, a la primera caricia, el tenue gemido de su amigo le indicó que iba por el camino correcto.

Mientras su verga disfrutaba en la cavidad bucal de Fael, sus manos encontraron otro extraño paraíso entre las nalgas. Esa hendidura tan blanda era caliente como la boca y empezaba a preguntarse si cabía la posibilidad de que Fael se entregara por completo. No olvidaba sus palabras (“vos a mí y después yo a vos”) pero todo estaba tan bien así que no veía la razón por la cual él tuviera necesidad de chupársela también. De hecho, le daba un poquito de asco la idea, aunque supuso que si Fael lo reclamaba tendría que hacerlo. Pero si no lo hacía (y no parecía muy interesado en reclamar tal cosa) su pija podría darse una vueltita por ese otro hoyito en llamas. Para ver la reacción, se mojó un dedo con saliva y lo pasó suavemente por la raja pálida. Fael reaccionó de inmediato enervando la espina. El dedo se introdujo más en lo profundo y la cadera de fael se meneó de placer. En ningún momento había soltado la verga, seguía mamando con intensidad, pero suspiraba ante cada caricia y su esfínter palpitaba ante cada roce.

En la mente de Fael todo era disfrute. Chupar una verga no era lindo: ERA MARAVILLOSO. Todos sus sentidos estaban al límite. Los sabores de Javier, sus aromas, el calor de su piel erizada… todo era una invitación al pecado. Pero el pecado le importaba muy poco en esos momentos. Y esos dedos en su culo eran todavía más provocativos. ¿Dolería ser penetrado? Había escuchado que sí. Pero esos dedos eran tan suaves… Y su culo parecía deseoso. Él podía sentir su dilatación al ser acariciado…

Tampoco en esta instancia hubo palabras. De pronto, Javier se puso de pie. Fael quedó de rodillas en su puesto sin animarse a actuar. Podía imaginar lo que sucedería pero prefirió mantenerse en su sitio. Javier se arrodilló detrás de él y con los dedos bien lubricados con saliva le invadió la raja casi con violencia. Todo el cuerpo de Fael se estremeció. Sus tetillas le dolían de tan duras y el pene estuvo a punto de lanzar esa carga de leche que tanto pujaba por salir. Los dedos de Javier siguieron explorando su trasero y cada vez que se frotaban contra el esfínter se hundían suavemente en la carne. Era como una prueba, como un ensayo de lo que estaba por suceder. “No duele” pensó. Se sentía como un ardor, eso sí, pero no dolía. Claro que un dedo no era una pija. Una pija tal vez doliera… Y entretanto los dedos iban y venían para su placer. Luego las dos manos se pusieron en la tarea de estimular. Fael cerró los ojos e imaginó la escena como si fuera un mero espectador mientras su verga palpitaba con fuerza al borde del orgasmo. Su corazón había perdido ya toda compostura y galopaba a un ritmo vertiginoso. Deseoso. Anhelante. Entonces Javier recuperó el habla:

- ¿Te gusta así?

Pero Fael no pudo responder. Le gustaba tanto que, si lo ponía en palabras, su pene estallaría en mil oleadas de semen. Apenas asintió con la cabeza y uno de los dedos de Javier se internó en lo profundo de su culo. Un quejido sonoro que no era de dolor se escapó de la boca de Fael y el dedo se retiró asustado. Pero los otros dedos no desistieron de su propósito y fueron pasando, uno a uno, hacia las profundidades del placer, generando quejidos cada vez más dulces.

Javier miró su verga y vio cómo se estremecía ante cada latido de su corazón. La sangre se agolpaba en el interior de sus venas suculentas y obligaba a su cadera a lanzarse hacia delante. Por el pequeño ojito de su extremo, goteaba la babita… No podía esperar más.

Cuando el glande rozó el esfínter sintió un escalofrío. Fael también lo percibió y, apoyando su mejilla sobre uno de los hombros, pudo mirarlo a los ojos:

- ¿Me va a doler? –preguntó como un cerdito a ser degollado.

¿Y cómo podía saberlo Javier si era la primera vez que lo hacía? Había oído que sí, que dolía, pero no supo decirlo. ¡Si algo deseaba Javier en esos momentos era que Fael se dejara coger! Si se arrepentía en ese momento, si le decía que no, si intentaba moverse, tendría que obligarlo, tendría que convertirse en un monstruo, uno que solo obedece los caprichos de la leche que bullía en su entrepierna.

Le aseguró que no.

Entonces sucedió. Javier escupió abundante saliva en su mano y con ella lubricó el pene. Apoyó el glande en el hoyito y una oleada de calor le subió desde las ingles a la garganta. Creyó que eyacularía en ese mismo momento. Pero por obra de vaya a saber qué divinidad pudo contenerse y el mundo se paralizó a su alrededor. La cabeza del miembro se introdujo sin problemas. El ano de Fael parecía relajado. Escuchó de todos modos un gemido agudo de su parte pero no hizo ningún gesto que lo invitara a retirarse. Empujó un poco más con mucho cuidado, separando las nalgas con ambas manos, y Fael apenas movió la cabeza hacia los lados. Imaginó que tendría los ojos cerrados y estaría aguantando el dolor (paradójicamente) como un hombre. Con el nuevo empujoncito, la verga se le llenó aún más de sangre y volvió a temer por una eyaculación precoz. Otra vez se sobrepuso a la presión y siguió adelante. Fael volvió a quejarse, pero esta vez con sutil dulzura y fue su propia mano la que, estirándose hasta su pierna, lo estimuló a lanzarse del todo hacia adentro.


El placer fue indescriptible. El calor que Fael le tenía guardado en el interior era algo que jamás hubiera imaginado. Tenía ganas de llorar pero no lo creyó oportuno para la ocasión.

Fael, por su parte, quedó sorprendido. El dolor apenas si molestaba y la sensación de tener aquello dentro de su carne superaba todo lo que le pudieron haber contado. Fueron solo unos instantes de incertidumbre y la gloria se materializó en su trasero. ¿A todos les sucedería lo mismo? Evidentemente no, puesto que había tantas historias sobre los padecimientos de la primera vez. Tal vez él fuera un elegido, un fuera de serie. ¡Qué importaba! La penetración le parecía algo tan maravilloso que no quería que terminara nunca. Sobre todo, una vez que Javier empezó a moverse en su interior. Horas más tarde trataría de hallar una sensación semejante y solo pudo compararlo con el acto de cagar, pero la similitud le pareció muy desagradable y olvidó el asunto. Lo cierto era que él había nacido para eso: para ser cogido por un hombre, a pesar de lo que dijeran en la iglesia. A medida que el falo de Javier entraba y salía, el suyo propio se excitaba más y más. Ni siquiera se animaba a pensar en él para no acabar antes de tiempo. Sin embargo, la naturaleza no siempre se deja gobernar y, entre tanta sacudida, llegó el momento en que no pudo más y toda su leche se volcó sobre el piso, dejando un charquito blanco y espeso junto a la pata de la cama. Javier siguió con lo suyo y fue muy satisfactorio darse cuenta de que (si bien la relajación posterior a la acabada había disminuido en gran parte la tensión) el placer seguía allí en su ano en cada embate de su amigo.

No obstante, Javier no duró mucho más. Unos pocos empujones más y un gran aullido salió de su boca. Su pubis se adosó a las nalgas de Fael y todo su cuerpo se quedó tieso como si fuera una estatua de cera. Sus ojos apretados y su boca abierta lo mostraban en el sumum del placer y, en su pecho, el corazón estaba a punto de salirse a través de las costillas. Apenas un resuello y todo su cuerpo se derrumbó en el suelo.

En el aire quedó flotando un tufillo desagradable, mezcla de sudor, semen y excremento, pero ninguno de los dos parecía percibirlo. En todo caso, jamás sería motivo para reprimir sus deseos.

miércoles, 16 de septiembre de 2009