domingo, 18 de noviembre de 2007

Corazón dado vuelta


- Esta ciudad es muy traicionera para nosotros los provincianos: sin que te des cuenta, te seduce y te conquista. Es como una planta carnívora que te deslumbra con sus colores y, justo cuando te relajás y bajás la guardia, ¡zas!, te atrapa y te fagocita.

Así me dijo Eliseo no hace mucho.

Y me da bronca admitir que tiene razón. Él es un importante y camaleónico político mendocino (por ahora un radical K) que no goza en absoluto de mi compañía y con el cual mantengo una relación estrictamente comercial. Esto lo cuento para que vean (una vez más) que no todas son rosas en este metier de puto profesional. Económicamente el negocio funciona, pero a menudo tengo que comerme cada sapo...

La idea de Eliseo no está para nada lejos de la realidad. Buenos Aires es una ciudad sorprendente y creo que los porteños no son del todo conscientes de ello. En ese sentido, los que llegamos desde las provincias o desde otros países de Latinoamérica solemos tenerla más clara. Afrenta mortal para los oriundos de esta capital cosmopolita, que siempre se creen que se las saben todas.

Si bien yo me crié en La Plata (apenas a una hora en auto de aquí) la primera vez que vine a Buenos Aires ya etnía quince años. Vine con Marcos y casi nos llevan presos por exhibiiones obcenas en la Plaza San Martín. Pero esa historia me la reservo para otra oportunidad en la que no sepa qué postear. Desde aquella primera visita, supe que ésta era la ciudad en la que me quería radicar. Y todavía no me arrepiento de mi elección. Muy por el contrario, en los últimos años he podido viajar bastante por el mundo (Miami, San Francisco, New York, Madrid, Barcelona...) pero al cabo de una semana afuera ya empiezo a extrañar mi departamento, mis calles, mis amigos. A pesar de ser provinciano, tras un breve lapso de residencia en Buenos Aires, uno se transforma indefectiblemente en un porteño más, con todas las virtudes y los defectos pertinentes. Así es como solemos enredarnos en discusiones con otros provincianos (no residentes) que tienden a resaltar las lacras de la capital más de la cuenta.

Curiosamente, esa misma discusión suele plantearse entre los que habitamos la Ciudad Autónoma propiamente dicha (el municipio central que constituye lo que es estrictamente la Capital Federal, delimitada por la Av. General Paz) y los que viven en los municipios de la periferia, más conocidos en su conjunto con el nombre de Gran Buenos Aires. Ya es una frase hecha la que afirma que los porteños se piensan que la Argentina termina en la General Paz. De hecho, algo de razón hay en ella: los que vivimos de este lado de la "frontera" solemos ser rehacios a alejarnos del puerto para internarnos en ese mundo muchas veces desconocido conformado por los suburbios. ¿La razón? Pura ignorancia de nuestra parte, creo yo. Se ha implantado la idea de que el Gran Buenos Aires es inseguro, tierra de nadie, que está minado por la delincuencia y el mal vivir, como si en plena Capital no se robara o no se matara, tal cual sucede en todas las grandes urbes de nuestros días. Se me ocurre que esta estigmatización, injusta y discriminatoria, tiene sus raíces en el hecho de que las poblaciones que rodean a la Capital son, mayoritariamente, pobres. Y ya sabemos el espanto que esa condición suele producir en las clases burguesas o con aires de serlo.

Yo critico y critico, pero tampoco estoy excento de las generales de la ley. Lo pude constatar el día sábado de la semana pasada, cuando tuve que cruzar yo mismo la frontera. Paso a relatarles los hechos.


Desde mi ingreso a la universidad, hace ya dos años, no he cultivado verdaderas amistades entre mis compañeros de curso, pero etngo cierta confianza con algunos de ellos y cada tanto nos juntamos para estudiar en grupo. Sobre todo en épocas como ésta, en la que los exámenes y las presentaciones de trabajos y monografías no nos dan respiro. Como soy de los pocos que vive solo (bueno, casi solo ahora que Sony pasa gran parte de su tiempo en casa) y dispone de un espacio confortable para las reuniones, en general todos vienen a mi departamento donde es costumbre que nos amanezcamos comiendo, estudiando y cagándonos de la risa. Sin embargo, este fin de semana, a causa de un inconveniente de Marina, nos vimo sobligados a alterar la rutina.

Marina está casada con el Pancho y iene dos hijitos, Felipe y Santiago, de cinco y tres años respectivamente. Felipillo está con varicela y su mamá no se podía ausentar durante todo el día, de modo que por una elemental cuestión de compañerismo y solidaridad, todos estuvimos de acuerdo en trasladarnos hasta Moreno. Hasta le "far west".

Moreno es la localidad ubicada más al oeste del Gran Buenos Aires (para que se den una idea los que desconocen esta parte de la geografía mundial), al borde mismo de la zona urbana. Más allá, solo pampa y soledad, juas. La idea era reunirnos el sábado después del mediodía y darle duro hasta el domingo a la tarde: una verdadera maratón que incluía Literatura Argentina I Literatura Española I y Lingüística, además de un somero repaso de Gramática para que el pobre Gonza se la pueda sacar de encima de una buena vez.

Prejuiciosamente temeroso, opté por dejar el auto en el garage y viajar en tren como cualquier hijo de vecino. Jamás había estado en Moreno y ne dejé llevar por lo que los diarios cuentan de la zona. "Más vale prevenir que curar" pensé, Es que si le pasaba algo al auto me moría! Lo quiero más que a mi madre (imaginen aquí una risita burlona). ¡Uno nunca termina de conocerse! Siempre despotricando contra los que discriminan y la realidad, de pronto, me pone cara a cara con mis propios prejuicios. Para mi sorpresa, el viaje fue llevadero. Largo, eso sí (más de una hora arriba del tren). Fue como una aventura porque hacía años que no tomaba un transporte público. Por consejo de Juaco, tomé el tren en la estación de Once y así pude viajar sentado. ¡Un mundo de gente regresando a sus hogares después del laburo! Los vagones están un poco descuidados y hay muchos chicos mendigando o vendiendo baratijas, pero eso es algo que también puede verse en plena 9 de Julio.

La cuestión es que llegué sin inconvenientes. A la salida de la estación de Moreno tomé un taxi y, antes de las tres de la tarde, ya estaba haciéndole caballito a Santiaguito, que pegó una onda terrible conmigo. Siempre tengo ligue con los pendejos, juas.

Pasamos un fin de semana espectacular. Marina tiene una casa humilde pero muy cálida y espaciosa. Comimos hasta reventar. Estudiamos como si de veras fuéramos jóvenes responsables y hasta nos dimos el gusto de ver una película de Disney con los gurrumines de la casa. Mención especial para el asado que nos preparó el Pancho el domingo al mediodía, después del cual (a causa del poco descanso y del vinito tinto con el que nos vimos obligados a acompañarlo) ya no pudimos concentrarnos en los textos y dimos por culminado el cónclave. El único del grupo que tomaba el tren era yo, razón por la cual el Pancho me alcanzó hasta la estación en su camioneta. Una maravilla de tipo. Yo que tenía miedo de que fuera mataputos y resultó que ahora me quiere presentar a un compañero de trabajo.


Tomé el tren que salía a las seis. No había mucha gente en el vagón... Ehhhhh... Mejor dicho: NO VI A mucha gente en el vagón. Ni bien me senté, mi atención se centró en un chico de piel cobriza y mirada perturbadora. Tenía un rostro bonito pero esos ojazos no me permitían ver el conjunto. Él también se concentró en mí sin disimulos. Era una situación por lo menos bizarra: dos chicos en un vagón de tren que, poco a poco, se iba atestando de pasajeros, tirándose onda en forma descarada. En un momento, el flaco me guiña un ojo y me sonríe. Ni coro ni perezoso, le devuelvo la sonrisa. Yo no estaba en plan de levante pero el chico me gustaba.

Ante mi reacción espontánea y notando que el vagón ya estaba demasiado concurrido, el morocho se levantó de su asiento y se apresuró para sentarse a mi lado. Era alto (incluso más que yo) y muy sensual al caminar. Llevaba jeans, zapatillas, camisa blanca muy monona y una campera tejida muy bonita. En su hombro izquierdo llevaba una mochila negra. Tenía piernas largas y macizas y unas manos morenas y enormes, con dedos delicados y largos, muy derechitos y de uñas muy bien cuidadas. Se movió muy de prisa y no pude verle bien el trasero (elemento fundamental de la anatomía masculina). Para admirárselo con detenimiento tendría que esperar todavía algunas horas.

- Vos no sos de Moreno ¿no? -me preguntó sin mediar ni un hola.

Yo volvía a sonreir.

- ¿Se me nota mucho?

- Algo...

Viéndolo de cerca, ya no me parecía tan bonito, pero tampoco feo. De todas maneras, su mirada y su sonrisa seguían siendo cautivantes.

- ¿En qué se me nota?

- Te ves muy... muy...

- ¿Muy cheto?

Los dos nos reimos porque era cierto. Bastaba mirar un poco alrededor para darse cuenta de que yo era allí sapo de otro pozo. Sin embargo, él tampoco tenía un look acorde con el entorno. De cerca se veía que la camisa tenía un estilo muy gay y que se había delineado las pestañas.

- Es que después del laburo voy a ir a bailar... -me éxplicó y despùés aclaró con picardía- ... a Ameri-k.

Se llama Matías, trabaja en un call center y es muy simpático y elocuente. En el viaje hasta el centro me contó vida y obra, para espanto de una viejita que estaba sentada frente a nosotros y se espantó al oirnos hablar de túneles y petes como si tal cosa. Yo también le conté algunas cosas de mí, pero omití ponerlo al corriente del modo en que me gano la vida: no quise espantarlo también a él. Al menos no antes de pasarlo por las armas.

Antes de llegar a la estación de Caballito, intercambiamos números de celular y prometimos mantenernos en contacto.

Cuando llegué a casa, casi a las ocho, Sony ya había salido a yirar. Se ve que la temporada en casa le está sentando bien. Está más rellenito, ya se curó de las heridas del camionero e incluso lo convencí de comprarse ropa nueva. La semana pasada salimos de paseo y pasamos por el Alto Palermo. Volvimos cargados de paquetes y con nuevo peinado. El cambio de look le vino muy bien. ¡Con decir que ya no se porrea tanto!

Me preparé un café y me senté en el sillón de la sala a disfrutar del silencio y de la oscuridad. El aroma del café en esas circunstancias tiene una magia especial. Pero el encanto no duró mucho: al poco rato me llegó un mensaje de texto. Era Matías. "Querés ir a Améri-k conmigo esta noche?". Otro enfermo como yo que escribe mensajes sin faltas de ortografía ni abreviaturas ni abuso de la letra K. Punto a favor.

"Es un poco apresurado" pensé. "Recién lo conozco... Debería hacerme rogar un poco..." pero terminé aceptando antes de los cinco minutos. Me pasó la dirección del call donde trabaja y, a la una en punto, lo pasé a buscar con el auto.

No llevaba la misma ropa. Había cambiado la camisa por una remera sin mangas de color plateado y se había puesto pantalones negros de hilo con zapatos también negros. Supuse que la otra muda estaba en la mochila (que seguía colgando de su hombro izquierdo.

- ¡Guau! ¿Toda esa producción es para seducirme?

- ¿Producción? ¿Qué producción? Es la pilcha con la que voy al mercado.

Había buena química entre los dos. No era como estar con cualquier otro. Solo faltaba comprobar si ese feeling se daba también "en otros terrenos". Y como no soy un tipo vueltero, mi siguiente movida fue para averiguarlo.

- ¿Tenés muchas ganas de ir a Ameri-k? -le pregunté.

Él no dudó un instante.

- ¿A qué telo me vas a invitar?

¡Un diez en honestidad y otro en descaro! El pendejo me gustaba más y más. Terminamos en mi querido telo del Pasaje Tres Sargentos. Mejor dicho: empezamos. Habitación con hidromasaje. Después de un fin de semana tan agotador no había nada mejor que una sesión de sexo relajante. Cerramos la puerta del cuarto y empezó el show: el universo de los sentidos sería nuestro hasta el amanecer... y más allá.

Matías resultó ser un chico sensacional en todo sentido. Lo primero que hizo fue abrazarme y besarme con tanta ternura que casi dejo escapar una lágrima. ¡La piel se me erizó de la cabeza a los pies! Estoy más que habituado a transar así, de movida, pero esta vez fue tan diferente... ¿Cómo decirlo?... Sentí que me besaba... con cariño. Nuestros brazos se entrelazaron alrededor de nuestros cuerpos y, durante largo rato, nuestras energías se nutrieron mutuamente en una confusión de piel y de deseo. Luego improvisó una danza de seducción. Reguló las luces hasta dejar la habitación casi en penumbras y sintonizó unha música sensual en el equipo de audio. Me guió hasta tenderme en la cama y comenzó a moverse como una cobra encantada, despojándose de la ropa muy lentamente. Lo hacía tan bien, movía la pelvis con tal soltura, se acariciaba tan voluptuosamente que no pude menos que sospechar: tal vez fuera colega... Se quitó la camisa y dejó a la vista un torso que más de uno envidiaría. Para mi gusto, perfecto, sin exageraciones ni carencias. Quise ayudarlo y me lo impidió cariñosamente: "Esta noche el show lo hago yo" me dijo. Llevaba debajo del pantalón (que se quitó con inédita sutileza) un slip diminuto que insinuaba un paquete sugestivo. Algo que hacía juego seguramente con ese par de piernas de ensueño que maliciosamente no me dejaba acariciar.

Aunque parezca mentira, hasta ese momento todavía no había tenido oportunidad de mirarle bien el culo. Apenas se lo había palpado (a conciencia) mientras nos besábamos. La primera ocasión la tuve cuando empezó a hacer sentadillas sobre mi bulto al ritmo de la música de Evanescence. Cada vez que se agachaba y por breves segundos, podía ver sus nalgas como pera... aunque algún mecanismo de mi mente tan particular las asociaba con un corazón al revés. Matías sonreía y su sonrisa era muy bella. Su torso moreno era atractivo y sus piernas, una locura de excitantes. Sin embargo, yo solo tenía ojos para sus nalgas como un corazón invertido. ¡Y no podía tocarlas! Solo se me permitió hacerlo cuando (siempre al ritmo insinuante de la música) se sentó directamente sobre mi entrepierna. Pasó sus dos manos por debajo de mi remera y empezó a acariciarme de una manera infernal. Era un pulpo maravilloso ávido de piel.

- Si me dejara llevar, te arrancaría la ropa...

Lo miré a los ojos mientras seguía acariciándole las nalgas y supe que no mentía. Jamás había conocido a nadie que tuviera una mirada así. Y su perfume no ayudaba a la hora de sujetar las riendas del instinto.

- ¡Hacelo! -le ordené.

Y lo hizo.

Tomó la falda de mi remera con ambas manos y rasgó la tela sin dudar. Mi vientre y mi pecho se descubrieron a sus ojos y su lengua entró en acción cuando empezaba a sonar Aerosmith. Me recorrió por entero, desde la cintura hasta el cuello, una y otra vez. Sus manos inmovilizaban mis brazos con fuerza. Podía sentir la dureza y la humedad de su pene contra mi ombligo, escapando por sobre el borde el minúsculo slip. No podía verlo sin embargo, puesto que su torso se deslizaba sobre mi pecho como una serpiente. Solo puede ver su verga a tope cuando decidió deshacerse de mis pantalones. Tal como había imaginado, el pequeño slip ya no era capaz de contenerla y la pija se erguía rozagante, con la cabeza lustrosa y el tronco surcado de venas. No voy a mentir: en cuanto a longitud y grosor, era una poronga normal, pero su dureza y la leve curvatura hacia arriba la convertían en un "falo con actitud". Lo que Juaco suele denominar "una pija con vocación de servicio".

Ya completamente desnudos los dos, era de esperar que la acción fuerte comenzara de inmediato pero, por el contrario, Matías fue partidario de la mesura y del avance paso a paso. Arrodillado en el borde de la cama, se dedicó pacientemente a lamer y besar mis pies. Su lengua se deslizaba a lo largo del empeine y se colaba entre los dedos. Sostenía mi pie con una mano y me masturbaba con la otra. Su pija rozaba uno de mis muslos mientras (ahora sí!!!!!) yo admiraba la belleza de sus nalgas, las acariciaba y disfrutaba de su tersura y su firmeza. Me invadió el deseo irrefrenable de penetrarlo sin más dilaciones, aunque sabía que tendría que esperar, a menos que hiciera a un lado los buenos modales y diera rienda suelta a mis instintos vejatorios. Imaginé la escena y nuevos ratones se sumaron a la fiesta. Claro que no sería una tarea sencilla: el pendejo era un chico fuere y no parecía de los que gustan de someterse sumisamente. Por eso, ante la total certidumbre de que aquello no sucedería jamás, le pedí (¡le supliqué!) que me la chupara.

Y también lo hizo.

Como evidentemente era ya su costumbre, se tomó todo el tiempo del mundo. Primero utilizó la lengua deslizándola (sin pausa pero sin prisa) todo a lo largo de mi pierna hasta el nacimiento de mis testículos, contraídos de gozo. Jugueteó un rato con ellos y mi garganta se contraía al ritmo de sus lamidas, emitiendo serenos gemiditos como muestra de agradecimiento. En un momento, mim cuerpo se arqueó como si unos brazos enormes y potentes lo levantaran en vilo. Volví a implorar y la lengua extendió su estela de saliva hasta la punta del glande. Me estremecí y gemí otra vez. Con la punta de la lengua, Matías recogió las primeras gotitas que ya asomaban. La música ahora era de The Police y en el preciso instante en que estallaba el acorde final, mi amante moreno se tragaba mi verga de un solo bocado y sin previo aviso. ¡Fue una locura! Sentí la presión de su garganta en la base del glande. Su cabeza comenzó a subir y bajar, tragando y liberando mi falo al compás de una balada de Norah Jones. Su técnica era fabulosa. Algo nuevo que aprender. Este chico era una máquina de mamar y de veras que daba gusto sentirla en funcionamiento. Casi al borde de la demencia, le rogué que me dejara chupársela también.

Y lo hizo.



Deslizó su cuerpo como una culebra y se ubicó en la posición ideal para un sesenta y nueve sin perder el ritmo de la mamada. Como él es un poco más alto que yo, se me había ocurrido al conocerlo que un sesenta y nueve podía llegar a ser algo incómodo entre nosotros dos. Suele suceder, en estos casos,que el más alto de los dos tiene dificultades para comerse la verga de su compañero y tiene que esforzarse para quedar en la posición justa sin forzar la pija hacia abajo, pudiendo causarle dolor. Por fortuna, la diferencia de alturas entre nosotros se debía a la mayor longitud de sus pìernas (¡y qué piernas!) de manera que nada conspiró contra nuestro deleite. Nos mamamos a gusto y exploramos nuestras nalgas sin problemas. Pero llegó el instante en que tuve que decir basta: no era tiempo todavía de acabar.

Cuando recobré el control de mis sensaciones, la ecléctica selección musical daba paso a ¡Marilin Manson! Abracé a Matías con todas mis fuerzas y lo besé en la boca con toda la pasión que podía. Todo su cuerpo se abandonó entre mis brazos. El joven seguro y dominante cedía su lugar al muchachito frágil y sumiso. Lo besé infinitamente con desesperación, fuera de mí. Rodando nuestros cuerpos por toda la cama, se dejó lamer, morder y acariciar sin oponer resistencia. La música nos había transferido su energía demoníaca, la cual no nos abandonó tras el aullido final en el que Matías me suplicó que lo cogiera.

Y lo hice.




Él se echó sobre su vientre, yo me coloqué un preservativo, lo cubrí con mi cuerpo y su esfínter me recibió con calidez. Fue como hundir la verga en un médano de plumas, pero tibio y absorvente. Sin llegar al punto de racionalizarlo en ese momento, supe desde le primer instante que aquella sensación de ansia y placer infinito coincidía exactamente con mi idea de la felicidad y marcaba un antes y un después en ésta y en todas mis historias. Comencé a moverme dentro de él con una vehemencia difílmente contenida. Era todo tan maravilloso y extraño... Los movimientos y las técnicas eran los mismos que utilizo para dar placer a mis clientes. En cambio, nada de lo que yo hubiera experimentado con anterioridad se parecía a ese deseo de reir y de llorar al mismo tiempo.



Cuando terminamos, el cuerpo de Matías no podía dejar de temblar. Su corazón y el mío bombeaban con tal fuerza que los latidos podían verse a simple vista. Durante largo rato, unas pinzas espectrales en mi garganta me impidieron respirar con naturalidad.

- Fue la mejor cogida que me dieron en toda mi puta vida -declaró Matías luego de un largo silencio.

Contemplé su perfil y volví a verlo bonito, como en el primer momento, cuando nos encontramos en el tren... Tomé su mano y miré nuestras imágenes reflejadas en el espejo del techo sin decir palabra. Pasó mucho tiempo hasta que me atreviera a continuar con la idea que me machacaba la cabeza:

- ¿Y te cogieron muchos antes que yo?

Matías volvió a sonreir y también miró al espejo, directamente a mis ojos, tragó saliva y respondió:

- Bastantes.

Luego no hubo más preguntas. Nos metimos en la tina y encendimos el hidromasaje. ¡Una delicia! Volvimos a besarnos y a juguetear hasta que la excitación nos llevó una vez más a las puertas del sexo. Aunque los dos intuímos que sería mucho más que eso.

Casi al mediodía, me despertó el sonido del celular. Nos habíamos quedado dormidos después del cuarto polvo. El que me llamaba era Sony, que estaba preocupado porque no había llegado a casa y sabía que ese fin de semana no trabajaría. Matías también se despertó.

- Es mi hermana -le mentí.

En el auricular sentí el aullido de la voz de Sony.

- ¡Cómo que tu hermana!!!!!

- Está todo bien... Quedate tranquila. Después te cuento. Besos.

Y corté.

- Es una hinchapelotas -agregué sin necesidad y me sentí un poco incómodo. ¿Por qué le había mentido?

- No te quejes. -me respondió sonriendo una vez más- Si te cuida es porque te quiere. Dichoso de vos.

Su voz sonaba melancólica y estuve tentado de agrandar el engaño para que pareciera más creíble, pero por suerte me contuve.

Nos duchamos, nos vestimos y nos fuimos. Yo, con mi remera abierta al medio en la mano. Él, con una miradita tristona.

A pesar de sus protestas, lo llevé en el auto hasta Moreno y permanecimos en silencio casi todo el trayecto. No quiso que lo acercara hasta su casa y preferí no ionsistir para no parecer invasivo. Me detuve frente a la estación donde nos habíamos conocido.

- ¿Nos vamos a volver a ver? -me preguntó con timidez (o temor) antes de bajar del auto.

¿Quién podría saber la respuesta? En ese instante, yo no lo sabía (apenas si me permitía ser consciente de lo mucho que me gustaba estar con él). De todos modos, le aseguré que sí. Entonces volvió a sonreir y me abrazó con ternura. Apoyó su cabeza sobre mi hombro y me susurró al oído:

- No te espantes... pero me gustaría de verdad volver a verte.

Luego nos besamos sin pudor a la vista de todos.

Cuando lo vi cruzar la calle, su figura elástica y sensual me volvió a estremecer. Desde la vereda se dio vuelta hacia mí, se llevó el dedo índice a los labios y me envió un beso. Alguien gritó "putos" y él se perdió entre la gente.

A solas en el auto, me esforcé por poner mis pensamientos en orden y solo pude llegar a una conclusión: no había dudas de que nos íbamos a volver a encontrar.







16 comentarios:

Actual_Boy dijo...

WOW !!!!! me encanta esos morenos de fuego .

Anónimo dijo...

WOW

Luckitas dijo...

Intenso relato...!!! y las fotografias lo complementan de lo mas bien...!!!
No te perdono q hayas renegado de tu origen provinciano... y te hayas 'aporteñado'... con todo lo q eso implica...
Fuera de eso... como siempre al menos conmigo... haces docencia... con 'o'... jaaaaaaa... chauuuuuuu...!!!

Anónimo dijo...

Este es uno de esos polvos en los que uno pone alma, corazón y vida, jeje, esos que uno recuerda aunque pase tiempo, y mira que yo puse en la encuesta que no podía recordar a todos mis amantes,pero sólo es porque tengo mala memoria, o selectiva, me encantó el relato zeky´s

Lukkas dijo...

ME ENCANTA LEERTE, MUY BUENOS RELATOS NI HABLAR DE LAS FOTOSSSSS

Pop dijo...

ke buenas fotos!! Obvio el relato le hace honor.
Las ciudades definitivamente deslumbran a los del interior, pero no son facil de indentificarlos...Si no....

El Huije. dijo...

¿Un provinciano arrepentido? ja ja ja ja.

Es cierto que cuando vienen a la capital se hacen más porteños que los porteños.

Pero seguro muy pocos tienen la posibilidad de "interactuar" con el conurbano como lo hacés vos...

Anónimo dijo...

hace dos años casi, el 1 de diciembre de 2005,antes regresar a mi casa,bien nochecita! di unas vueltas por el centro de la ciudad donde vivo,Córdoba,capital, como diciendo tan temprano a casa y solo sin nadie, sin nada... mi cuerpo estaba necesitado de sexo pero no solo mi cuerpo, tambien estaba desolado, mi espiritu necesitaba esa vibración especial... cuando de pronto noto que un chico de mas de 30 (tenía 35 en ese momento...) me mira, me sigue, entro a un bar, pido una ser citrus y la tomo ..en segundos entró el chico, me miró, me sonreí... me encantó! y magicamente ni bien sali, estaba caminando conmigo...me sonrió y me dijo que le gustaria estar conmigo, a casa no iba a llevarlo...tenia buen aspecto...pero... le dije luego de haber hablado un par de palabras, conozco un hotel, (el es de bs as y esta en pareja me lo dijo antes de todo) sin vacilar me dijo vamos ya... al llegar una señora(no era la habitual)o la que conocia... por haber ido una par de veces, me pidio documentos y todo bien... el saco los suyos, yo el mío..solo alcanze a constatar que no me mintió en el nombre se llamaba Dario, vos Daniel, le dije...te habia escuchado eduardo (es verdad)
me encanto...nos besamos..me cogió gloriosamente,a la mañana tipo 8 hs se levantó, escuche la ducha, me invitó a bañarme con el, polvo mediante...fantastico... al despedirnos me dijo mi celular es este ..... y como yo no tenia en donde anotar ,le dije por que no agendas el mio, ya que no lo llevaba conmigo, sin querer le dije mal el numero de celular (era recien cambiado)y es de es ese día que no puedo dejar de hacer el mismo recorrido...necesito verlo viene 3 veces al año a Cba.. aun no pude encontrarlo en el hotel la persona tomó solo mis datos, al otro documento solo lo vio! conclusión este relato me hizo acordar tanto a Dario... que me permiti "volver a pasar la experiencia por el corazón"... esto quiere decir "recuerdo"
besos Daniel

Lucho´s dijo...

Querido Zeky´s, dos puntos, si hasta hoy fuiste mi ídolo bloggers, desde este preciso momento sos mi nuevo tótem, te veneraré todas las noches y promulgaré tu palabra…que capacidad de transformar un fin de semana de estudio en el mas placentero que te haya pasado nene!!!
Por suerte el relato se fue poniendo hot, cuando empezaste con lo de los nenes, la varicela de Felipillo y la mar en coche ya me daba urticaria jajaja.

Beso enorme.

AnCris dijo...

Tus formas son inesperadamente cálidas... todas las "advertencias" del comienzo me hicieron salir de raje de mi visita desde el laburo (ja ja ja!) Pero ahora estoy en casa y te leí con tranquilidad...
Y ahí viene lo de "inesperado": sos muy dulce y muy buen relator...
En cuanto a la historia en si, sólo te diré que algunas cosas pasan porque tienen que suceder y en el momento que estamos perfectamente listos para vivirlas... si continúan es nuestra absoluta responsabilidad tratar de continuarlas... y ver hasta qué punto vale la pena seguir ha por ellas.
Un beso!
Hasta pronto!

Cubista dijo...

Este relato me ha gustado por sobre todos los demás que he leído aquí (y por cierto que literalmente me los he devorado todos): mezcla ese erotismo que te caracteriza con algo que...me conmovió...¿seré que estoy enamorado o estoy envejeciendo?
Espero que sigas tan bien y que cuando puesdas nos cuentes más sobre el moreno maravilloso que encontraste.
Cariños, Flip

Unknown dijo...

Es mi primera visita pero no puedo decir que haya quedado defraudado, no. Sugerente y excitante.
Un saludo.

dolmance dijo...

es buen relato tus comentarios son bien vividos felicidades escribes con mucha pasion

Jorge dijo...

Excelente relato! Muy tierno.
Jorge

Javier dijo...

Historias y verdades repetidas y repartidas a lo largo de todas las grandes ciudades que poseen suburbios, con imaginarias fronteras de delimitación, cosmos que cuando se chocan producen chispas.

Anónimo dijo...

Adoro Latinos y negros, porque tienen siempre pollones enormes!!!

esoy masturbandome!!

gj